Una porra cae sobre tu carne deshecha por los impactos previos. Un golpe te acaba de hundir el hueso de la ceja izquierda, por el que dejas de ver para siempre. Un suelo que sube para abrazar un cuerpo incapaz de sostenerte en pie; rendido de cansancio, de dolor y de pena. Un intento de incorporarte, de alejar el rostro del empedrado, sin poder lograrlo. Unos brazos incapaces de sostener tu peso.
Unas decenas de pies se agitan en derredor. Unos gritos, unos empujones y un muro de cuerpos que se interponen entre ti y los agresores. Un tirón que te arrastra de los pies, alejándote del la violencia recibida. Un rastro de sangre que queda tras de ti, contemplado por ese ojo que se rinde a cerrarse por miedo a no volver a abrirse nunca. Una lágrima de miedo que se desliza por la mejilla magullada y cubierta de carmesí.
Unas palabras de ánimo susurradas al oído. Una luz azul vibrante, de la que consuelan y no de las que dan miedo. Una bocina que grita al vacío para que el mundo se aparte y detenga unos instantes, los justos para llegar a tu destino. Unos trajes de trabajo amarillos y negros, que se mueven a tu alrededor y te tocan y examinan. Unas bocas que te dicen que te vas a poner bien, que aguantes un poco.
Una mano que no se separa de la tuya, que le aprieta tanto que casi te hace daño. Una imposibilidad: la de pedirle que deje de sujetarte.
Una carrera sobre un lecho rodeado de metal y pitidos. Unas puertas que se abren a empujones por la prisa. Una mascarilla que se desliza sobre lo que queda de tu rostro. Un sueño que sobreviene.
Una oscuridad que te aterrorizaría si no fuera por las drogas que recorren tu sistema nervioso, impidiéndote sentir miedo a la muerte ni aprecio a la vida; a absolutamente nada, en realidad.
Un destello por el rabillo del ojo. Un dolor en el rostro, que te lleva a levantar la mano y tratar de tocarte la cara. Unos dedos que te lo impiden con dulzura. Unos labios que se posan sobre la mano para susurrar un beso sobre la palma. Un pecho que exhala de alivio al verte de nuevo con el ojo abierto, aunque sea a malas penas. Una voz que te explica todo lo que pasó, por si lo has olvidado, aunque no es necesario ese recordatorio: recuerdas todo, hasta el mínimo detalle.
Una pequeña llama que brota dentro, muy adentro, para mantenerte con ganas de seguir y no retroceder.
Una rabia que te hace sonreír, porque ya a estas alturas no puedes parar.